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June 2015 Archives

UN ELOGIO A LO RADICAL...

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  Posiblemente una de las palabras más pervertidas en el lenguaje político del siglo XXI sea "radical". Por si acaso, antes de empezar recomiendo la lectura de los significados de dicha palabra en el diccionario de la RAE ( http://lema.rae.es/drae/?val=radical
  En la actualidad se emplea el calificativo de radical con un sentido terriblemente peyorativo y negativo. Cuando a cualquier iniciativa política se le añade el término radical se quiere decir indeseable. ¿Por qué se ha transformado esta palabra en un adjetivo tan despectivo?.
  En primer lugar, siempre he pensado que cuando alguien tiene una idea, la debe defender de la manera más radical posible, y asumir las consecuencias de la misma. Lo contrario a radical es tibio; y la tibieza conduce a la mansedumbre. El poder nos quiere mansos....Probablemente por ello, el término radical esté tan denostado en nuestros días. Se emplea en política de manera similar a la que se emplea en otros ámbitos, por ejemplo cuando se habla de hinchas de fútbol "radicales".

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  El lenguaje políticamente correcto que empapa los medios de comunicación elogia el centrismo, sin que nunca sepamos bien que demonios significa una ideología de Centro. El paroxismo de esta ambigüedad fue Esperanza Aguirre hablando sobre partidos de centro-derecha, de centro-izquierda y de centro-centro. Ella que representa a un partido que es radicalmente neoliberal, huye de esta terminología y se disfraza de moderada, de centrista. ¿Es que acaso la moderación es buena?, pues me temo que en algunos temas no lo es. 
  Si incluso, el discurso oficialista desde el PP tras las elecciones de mayo es que el partido socialista se ha convertido en un partido radical, como si fuese verdad; como si fuese un insulto (que para ellos lo es, aunque la palabra esté mal empleada). Hasta este punto ha llegado la degeneración del lenguaje y la simplificación de ideas que demanda una sociedad anestesiada, de nuevo se comprende que el dotar al término radical de un significado tan negativo adormece a la ciudadanía e impide que se manifieste con fuerza a favor de la defensa de sus derechos. 
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  ¿Quiénes salen beneficiados de todo esto?....Los de siempre. Precisamente aquellos que están dirigiendo con puño de hierro las políticas más radicalmente neoliberales que han arrasado occidente en los últimos años. Para seguir haciendo lo que les viene en gana, precisan de una sociedad mansa y dócil que crea que la inactividad es la más inteligente de las alternativas. En este sentido, quien se sale un poco del redil y denuncia sus abusos es inmediatamente calificado de radical, de forma que sus propuestas sean consideradas automáticamente como peligrosas y ajenas al sentido común.
  Pero si profundizamos un poco más en la terminología actual políticamente correcta, observamos un curioso fenómeno. Casi nadie habla de derecha radical; se habla de extrema derecha cuando se refieren a partidos de corte fascista. En estos casos, el término "extrema" carece del sentido peyorativo que se otorga a su supuesto equivalente de "izquierda radical". Es obvio que el lenguaje en este caso adquiere una importancia vital a la hora de prejuzgar las ideologías. Al fin y al cabo los partidos de extrema derecha defienden un sistema económico neoliberal exactamente igual al que defienden los supuestos partidos de centro-derecha. ¿Será esta la causa del desajuste lingüístico?.

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No son "derecha radical"; en la terminología oficial son "extrema derecha"

  Es por todo esto, que desde estas líneas hoy pretendía hacer un alegato de la radicalidad en las ideas y denunciar el mal uso que se está haciendo del término en las discusiones políticas. Parafraseando a Nietzsche, podríamos concluir: "¿Era esto ser radical; Bien, otra vez"


http://article.wn.com/view/2015/03/13/Esperanza_Aguirre_En_el_PP_tememos_muchisimo_mas_a_Podemos_q/

NO HAN ENTENDIDO NADA

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  El panorama surgido tras las últimas elecciones municipales y autonómicas ha puesto de manifiesto con notable claridad el pésimo nivel de nuestra clase política. Tanto los viejos como los nuevos partidos políticos están mostrándonos en infinidad de ejemplos sus terribles limitaciones a la hora de gestionar lo público. La ausencia de mayorías claras ha descubierto las vergüenzas que todos ocultan salvo contadísimas excepciones.
  Estamos asistiendo entre atónitos y perplejos al mercadeo postelectoral de pactos entre diversas fuerzas políticas incapaces de articular propuestas de unidad ni con un mínimo de profundidad ideológica.
  Uno de los ejemplos más catastróficos, es el intolerable argumento de que yo no te voy a apoyar en tal lugar si tú no me apoyas en este otro. Lamentable. Es en estos casos donde se pone de manifiesto de manera más evidente el alejamiento de la clase política de la sociedad a la que aspiran (al menos hipotéticamente) a representar. Se pone por delante el interés partidista al de cualquier otra circunstancia, y esto empieza, aunque no de manera suficiente, a hartar a la ciudadanía.

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  En muchos otros lugares, los representantes electos lanzan mensajes carentes de contenido y con bonitos eslóganes justifican el no alcanzar pactos y acuerdos sólidos de gobierno. La ausencia de criterios claros hace que pequeñas cuestiones locales y de escasa transcendencia decidan quien dirigirá el destino de la ciudadanía en los años venideros. Mal comienzo, que tan solo puede augurar un futuro cuando menos incierto ("Este es nuestro tiempo, un pasado indefinido; presiento un futuro.... imperfecto", 091, Este Es Nuestro Tiempo, 1991). 
  En otros lugares se ponen sobre la mesa medidas de gobierno más o menos deslabazadas que se disfrazan de líneas rojas para alcanzar acuerdos. La gran mayoría de este tipo de propuestas son absurdos brindis al sol por su carácter aislado y carente de estudios en profundidad de las consecuencias y motivaciones de dichas ideas felices. 
  Otros, que llevan la bandera de la participación ciudadana y la transparencia por bandera, se enfangan en negociaciones casi clandestinas de las que surgen decisiones que no son explicadas y mucho menos compartidas con la base social. Esto genera una terrible frustración, ya que han sido muchos los que dijeron que darían voz a la ciudadanía en cuestiones importantes y se han apresurado a asumir que las urnas les han otorgado la capacidad de saltarse los compromisos a la torera.

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  ¿Por qué sucede todo este cúmulo de despropósitos?. Obviamente no hay una sola causa, aunque la más importante, creo que es la carencia absoluta de un modelo de ciudad, autonomía o estado sólido y con fundamento. Se actúa constantemente a salto de mata, y puede que a salto de encuesta electoral. No hay perspectivas de futuro en los discursos políticos. No hay modelos de gestión que puedan ser considerados como una referencia cuando surgen dudas. En definitiva, seguimos instalados en la provisionalidad y en la improvisación: lo que es válido para una ciudad deja de serlo para la vecina. Se nos dan excusas, cuando en el fondo la causa de tales desacuerdos son pequeños rifirrafes locales entre políticos mediocres.
  El tan usado "digodieguismo" por el gobierno Rajoy ha contagiado al resto de fuerzas políticas, y no porque todos sean así de mentirosos; si no porque carecen completamente de un marco de referencia, de un plan, y un proyecto de verdad. Por ese motivo, cabe todo en las negociaciones y encontramos pactos absurdos que obviamente tendrán un recorrido mientras la confluencia de pequeños o grandes intereses partidistas siga en pie. No tendremos en ningún caso proyectos sólidos de gobierno, con un plan de actuación claramente determinado de antemano. Navegaremos siempre sin hoja de ruta.

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  De nuevo, he de concluir como en muchas otras ocasiones que la culpa es de la ciudadanía, pues la clase política es tan solo un reflejo de la sociedad a la que representan; y mientras no exijamos que nuestros políticos nos expliquen cuáles son sus planes y objetivos de gobierno, las cosas poco pueden llegar a cambiar.

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